EDADES SÍ, NIVELES NO

 

La diversidad en la escuela es, además de una realidad, un valor, una oportunidad y un reto para las maestras y maestros, que nos abre puertas a la creatividad, a la ilusión y a la esperanza de construir entre todos un mundo mejor en donde todos seamos iguales de importantes pero singulares, inimitables, únicos.

Si educamos para aceptar la diversidad como algo normal, no será necesario hablar de inclusión, sino de convivencia.

Por eso, nosotras creemos y nos reafirmamos cada día en que la riqueza de la interacción entre nuestros alumnos de 2 a 12 años es auténtica, vital y demostrable; creemos y defendemos que estar todos juntos, sin reparar en los niveles es bueno para aprender más y mejor, en todos los aspectos.

Y nos preguntamos quiénes, y en base a qué, por qué y para qué han decidido que los niños y niñas se agrupen por edades en las escuelas, y si hay alguna razón pedagógica para que las aulas sean homogéneas en edad: (1) (2)

¿Alguna investigación, algún estudio ha demostrado que se aprende más siendo todos de la misma edad?

¿Se supone que nacer en el mismo año garantiza tener el mismo “nivel”?

¿Tienen los alumnos más oportunidades de avanzar a su ritmo, según su personalidad y sus necesidades cuando son todos de 3 años, 9 ó 12?

¿Están los niños más motivados y estimulados para aprender no teniendo otras referencias más avanzadas de otros niños más mayores?

¿Es más interesante estar oyendo y viendo, durante todas las horas escolares, sólo lo que nos aportan otros de la misma edad?

¿No es recomendable ser alentados por lo que saben y conocen otros niños que aportan opiniones, razonamientos, estrategias… más elaboradas?

¿Es más divertido jugar sólo con los de tu edad?

¿A quién solemos imitar los humanos? ¿A quién nos queremos parecer? ¿Cómo quién queremos ser? ¿Cuáles son nuestros modelos y referentes? ¿Los que son de nuestra edad o los más mayores, que saben “más” y tienen más experiencia que nosotros?

¿No es emocionante que un pequeñín mire con admiración a un compañero más mayor y que éste le tenga en cuenta, le haga un gesto cariñoso y cómplice y le ayude o comparta con él alguna tarea compleja e interesante?

¿Es indiferente que en una excursión unos niños esperen a otros que andan más despacio porque son más chiquitines?, ¿que les lleven un ratito la mochila?, ¿que les aúpen para ver mejor los animales detrás de la valla?, ¿que empujen el carrito?…

¿No es emocionante que los más mayorcitos lean cuentos en un rincón a otros más pequeños?, ¿que les enseñen sus trucos para trazar mejor las letras? ¿que les expliquen sus estrategias para calcular más rápido? ¿que les argumenten por qué esto y lo otro?…

¿Es bueno olvidarse de que, cuando éramos más pequeños, sabíamos “menos” y teníamos menos experiencia? ¿No está bien tenerlo presente viéndolo en otros compañeros que todavía no saben “tanto” como nosotros?

¿Es justo estar condenado a desempeñar siempre el mismo rol (de listo, bueno, torpe, payaso, despistado, sucio, pelma, rápido, lento…) durante diez años de Educación Infantil y Primaria, sin tener opción a cambiar, sin oportunidad de ser de otra manera, siempre con el mismo grupo de compañeros y sólo con ellos? ¿No es más sano ser a veces el mayor y a veces el pequeño con lo que esto supone de adaptación, aceptación, humildad y respeto por uno mismo y por los demás?

Y, sobre todo, ¿no es más ético no ser constantemente comparado con los otros niños de tu edad y juzgado por el resultado de la comparación? (somos mucho más proclives a hacer comparaciones –odiosas – entre “iguales” que entre “diferentes”)

Entonces… no entendemos por qué la escuela separa a los niños y niñas por edades, a qué intereses responde este criterio y nos gustaría saber si se ha revisado alguna vez en la historia reciente de la educación.

Nosotros no encontramos ni una sola razón pedagógica para ello, ni vemos ninguna ventaja educativa en esta distribución y nos revelamos contra la creencia de que así es como debe ser.

Entrevista a Stephen Heppel En XL Semanal. “La escuela en el año 2030”

 

 

 

XL. ¿Mayores y pequeños juntos?

S.H. Lo que oye. Nadie dijo que las fases del aprendizaje dependan de la edad. Nadie puede decir qué hay que saber a los 10 años y a los 13. Las escuelas se lo han inventando porque les conviene para su gestión. Pero mire una familia, un club deportivo, un grupo de teatro… Las edades se mezclan. Cuando lo hacemos, los pequeños quieren esforzarse para ser como los mayores, y los mayores cuidan de ellos. El comportamiento es mejor. Y el progreso también. Tenemos este sistema estúpido que retrasa el aprendizaje de unos niños y obliga a otros a ir con la lengua fuera cuando sus ritmos son diferentes.

Si la escuela y la vida tienen que ir a la par, si ésta tiene que ser la referencia de aquella, si queremos educar y enseñar para ser mejores personas, para desarrollarnos personal y colectivamente, para el respeto y la convivencia, para el saber y el conocimiento, para la VIDA con mayúsculas… no deberíamos mantener ni justificar la escuela graduada por edades, no tiene ningún sentido, es una distribución totalmente ajena al mundo en el que vivimos y a la esencia misma del ser humano, que nunca se ha organizado y agrupado atendiendo a la edad (salvo en el ejército… ¡qué sorprendente, ¿no?!

Soñamos, y vamos haciendo realidad una escuela en donde los niños y las niñas vivan durante 9 ó 10 años, aprendiendo y aprendiendo, sin saber en qué curso están, sin saber si los curriculums establecen mínimos o máximos para cada nivel, sin sentirse condicionados por unos programas y unos tiempos iguales, y por lo tanto injustos, diseñados sin tenerlos en cuenta.

Como hemos dicho antes, la agrupación por niveles, por cursos, por edades no tiene absolutamente ninguna ventaja pedagógica, nosotros lo comprobamos cada día.

En nuestra escuela, ahora que pueden elegir en todos los momentos del día con quién estar, con quién jugar, con quién trabajar, etc. vemos que ellos nunca tienen en cuenta de qué curso son, eso es algo que no les incumbe y a lo que no dan la mínima importancia. De hecho, los de más edad todavía saben que son de 5º o de 6º, y también todos sabemos quiénes son los más pequeñitos, pero cada vez más niños no saben en qué nivel están. Esto sólo es importante para algunos asuntos y en algunas situaciones, no para aprender ni para disfrutar.

Es un misterio – y para nosotros adultos incomprensible- por qué una niña de 4 años que no sabe más que euskera está escuchando una lectura en castellano durante media hora día tras día… O por qué una niña de 6 años pasa horas en la carpintería mirando a otros más mayores, sin perder detalle de los problemas que se les plantean para construir una estantería… O por qué le interesa a un niño de 11 años cuidar, charlar y estar con otro de dos que casi no sabe hablar… O por qué los más mayores necesitan de vez en cuando leer cuentos de “pequeños” o hacer psicomotricidad o construir cabañas con las colchonetas y esconderse dentro de ellas… O…

Es imposible saber con seguridad cuáles son las motivaciones que los niños tienen para desear hacer o aprender algo, para intentar conseguir un propósito una y otra vez. Es imposible saber a ciencia cierta qué les interesa y por qué; y por qué no les interesa algo que a nosotros nos parece interesante…

Ellos viven como son, como niños, y no siempre logramos entenderlos y acertar con nuestras propuestas. Pero si al abanico de posibilidades se abre, si tienen mucho y bueno para elegir, si no se les ponen límites para que investiguen y prueben, si no los catalogamos y prejuiciamos, creemos que tienen más posibilidades de seguir queriendo aprender, que es lo natural y debería ser lo habitual.

Además, poder realizar todos cualquier actividad, tengan la edad que tengan, supone que todos la llevarán a cabo de manera distinta, cada uno como puede o quiere, obteniendo resultados diferentes, diversos, ni mejores ni peores. Como no está predeterminado qué tienen que saber a tal o cual edad, como no hay máximos ni mínimos, como no está establecido cuál es “la” manera buena-única de hacer las cosas… las comparaciones casi no existen y esto tiene unas consecuencias de tal magnitud que todavía no somos capaces de valorarlas en su justa medida, pero que intuimos determinantes para el futuro de nuestros alumnos.

Nos parece que poder vivir en la escuela 10 años sin ser clasificado, catalogado, comparado, juzgado… aprendiendo de verdad cada uno a su ritmo, sin presión, con emoción y rodeado de compañeros de todas las edades es absolutamente revolucionario en estos momentos, pero será la mejor preparación para la vida de adultos que les espera, esa vida que hoy es imposible hasta imaginar.

 

(1)“¿Cuántos años tienes? …¿y eso qué importa?” Elena Laiz Sasiain

(2) “Una clase de surf” Dolores Armas

Abaltzisketa

Zizurkil